BLOG DE CULTURA CLÁSICA DEL IES FRANCESC RIBALTA DE CASTELLÓN


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martes, 8 de diciembre de 2015

Las tabellae defixionis y la magia en la antigua Grecia

Tabellae defixionis


Una tablilla de maldición (en latín defixio, y en griego κατάδεσμος katádesmos) era un medio frecuente para maldecir en el mundo grecorromano, por el que alguien pedía a uno o más dioses que dañasen a otros, con frecuencia como venganza. Se escribían estos textos en finas hojas de plomo que posteriormente se enrollaban, doblaban o clavaban. Estas tablillas se colocaban normalmente bajo tierra, ya fuera enterrándolas en tumbas, arrojándolas a manantiales, pozos o piscinas, escondiéndolas en santuarios subterráneos, o incrustándolas en las paredes de los templos. También se usaban para hacer conjuros de amor, y el enamorado las colocaba dentro de la casa de la persona a la que amaba. En ocasiones aparecieron junto a pequeños muñecos o figuritas (llamadas erróneamente "muñecos de vudú"), a las que también clavarían las uñas. Las figurillas se parecían al sujeto al que se quería hacer la maldición y a menudo tenían atados los pies y las manos. No todas las tablillas eran de plomo, pero sí la gran mayoría de las encontradas; también se escribían maldiciones sobre papiro, cera, madera u otros materiales maleables con menor probabilidad de conservación y por tanto de ser encontrados en una excavación arqueológica.
Normalmente, los textos de las tablillas de maldición estaban dirigidos a los dioses infernales o liminares, como Hermes, Caronte,Hécate y Perséfone/Proserpina, a veces a través de la mediación de una persona fallecida (probablemente aquél en cuya tumba se deposita la tablilla). Sin embargo, algunos textos no invocaban a los dioses, sino que se limitaban a listar a aquellos a los que se quería maldecir, los delitos o razones en que se basaban para maldecirles, y/o las desgracias que habrían de sufrir las víctimas. En algunas tablillas no había nada más que los nombres de los malditos, lo que hace suponer que el que llevó a cabo el conjuro les maldijo también oralmente. Pero las tablillas de maldición no siempre contenían conjuros malignos, sino que a veces se usaban también para ayudar a los muertos. Aquéllos en cuyas tumbas se depositaba una tablilla de maldición normalmente habían muerto a una edad muy temprana o de manera violenta, y se suponía que la tablilla ayudaría a sus almas a descansar en paz a pesar de las circunstancias de su muerte. A menudo el lenguaje que da contexto a esos escritos está relacionado con la justicia, ya sea a través del listado de los delitos de la víctima con gran detalle, dejando la responsabilidad de castigarlos a los dioses, o mediante el uso de formas indefinidas ("quien quiera que cometiese este delito"), o condicionales ("si es culpable"), o incluso dentro de un futuro condicionado ("si alguna vez rompe su palabra"). Con frecuencia, se escribían conjuros adicionales en esas tablillas de maldición, como Bazagra, Bescu o Berebescu, en lo que parece ser un intento de dotar a la maldición de eficacia sobrenatural.
Muchas de las que se descubrieron en Atenas se refieren a juicios y maldicen al litigante contrario, pidiendo ("que él...") que no actuase bien durante el juicio, que olvidase sus palabras, que se trabara, etc. Otras maldiciones piden una mala vida sexual, o son escritas contra ladrones, o rivales en los deportes o negocios. Aquellas tablillas dirigidas a ladrones o criminales habrían sido de carácter más público y aceptable; algunos estudiosos se niegan incluso a tildar de tablillas de "maldición" a textos tan "positivos", prefiendo llamarlas "peticiones judiciales".
Se han encontrado alrededor de 130 tablillas de maldición en Aquae Sulis (la actual localidad inglesa de Bath), un antiguo balneario donde muchas maldiciones estaban relacionadas con el robo de la ropa de los bañistas. Asimismo, se han descubierto también más de 80 alrededor y dentro de los restos de un templo cercano dedicado a Mercurio, en West Hill, Uley, lo que convierte al suroeste de la isla de Gran Bretaña en uno de los mayores centros para encontrar defixiones latinas.
En el Antiguo Egipto, los llamados "textos execratorios" aparecieron alrededor de la época de la Dinastía XII, y listaban nombres de enemigos escritos en figuritas de arcilla o cerámica que fueron aplastadas y enterradas bajo un edificio en construcción, o en un cementerio.
Historiografía de las tablillas de maldición
Cuando los historiadores estudian las tablillas de maldición tienen en cuenta la totalidad de la tradición mágica. Según Peter Green la sociedad grecorromana usaba la magia para controlar la naturaleza. El estudio de la tradición mágica y las tablillas de maldición es vital para comprender las actividades de la sociedad grecorromana porque todos sus miembros usaban la magia independientemente de su clase o posición económica. Se han descubierto alrededor de 1600 tablillas de maldición, escritas sobre todo en griego. De esas tablillas, 220 se localizaban en la región del Ática. A otras tablillas se las categorizó como DT (Defixionum Tabella, tablilla de maldición en latín). La mayoría de estas tablillas estaban escritas en varios idiomas o eran difíciles de interpretar o leer.
Las primeras tablillas de maldición se descubrieron en una ciudad italiana de Selinunte, Sicilia. Había 22 de ellas y la mayoría era de principios del siglo V. Muchas de las tablillas que se escribieron durante este periodo estaban dirigidas a las personas a las que denunciaban. Posteriormente se descubrieron tablillas que se usaban para maldecir a enemigos o hacer conjuros de amor. Mientras los antiguos griegos habrían temido el poder de estas tablillas, algunos historiadores han comparado su uso con insultar a alguien verbalmente en la época actual. Escribían estas tablillas en un ataque de rabia, de envidia contra un rival en los negocios o en los deportes, o por obsesionarse patológicamente con conseguir el amor de quien estaban enamorados.
Cuando se empezaron a investigar estas tablillas, había una seria duda sobre si éstas provenían realmente de la Antigua Grecia o no. La mayoría de los historiadores creían que la sociedad griega era muy sofisticada, y que sus gentes sobreponían la razón a la superstición.E.R. Dodds, profesor de griego en Oxford, fue uno de los primeros eruditos que empezaron a estudiar el tema de la magia y la superstición en la Antigua Grecia, y otros como Peter Green también sintieron curiosidad por este aspecto. A finales del siglo XX se descubrieron objetos que arrojaron luz sobre el papel que tenía la magia en las vidas de los ciudadanos griegos de todas las clases sociales.
La mayor subsección de este tema es la magia erótica. Existe un debate acerca de si era una práctica exclusivamente masculina o si ambos sexos la practicaban por igual. John Gages, un importante experto en este campo, apoya la segunda opción ya que las mujeres enamoradas tenían menos posibilidades de expresar sus emociones en la sociedad griega. Los eruditos discuten sobre los posibles motivos que les llevaban a valerse de la magia erótica, que ofrecía soluciones para el amor no correspondido, controlar sexualmente a la víctima, ganancias monetarias y un mayor reconocimiento social. Los conjuros de amor tenían una base similar en todo el mundo mediterráneo,que se podía reajustar según las diferentes situaciones, usuarios y víctimas. Investigaciones recientes han demostrado que las mujeres usaban tablills de maldición para hacer magia erótica mucho más de lo que se pensaba en un principio, aunque la mayoría de las tablillas de que disponemos fueron escritas por hombres.
Por lo general, se está de acuerdo en que la mayoría de las personas usaban tablillas de maldición por varios motivos, desde echar maldiciones hasta hacer conjuros amorosos o adivinar el futuro.
Un ejemplo es:
La Tablilla de maldición de Pela 
Es una maldición o hechizo griego: (en griego κατάδεσμοςkatádesmos) inscrita en una plancha de plomo, que data del siglo IV o III a. C. Fue encontrada en Pella (en la época de su capitalidad de Macedonia) en 1986 y publicada en the Hellenic Dialectology Journal en 1993. Es posiblemente el único texto atestiguado del antiguo idioma macedonio (O. Masson).
Es un hechizo mágico o conjuro de amor escrito por una mujer, posiblemente llamada Dagina, cuyo amante Dionysophōn (‘la voz de Dioniso’) está aparentemente a punto de casarse con Thetima o Tetima (‘la que honra a los dioses’; la forma estándar ática sería Theotimē). Dagina invoca a «Makrón y a los espíritus» (parkattíthemai Makrōni kai [tois] daímosi, que en ático sería para-kata-tithemai) para conseguir que Dionisofón se case con ella en vez de con Tetima, y para que nunca se case con otra mujer, a menos que ella misma recupere y desenvuelva el rollo.
Los katadesmoi (o defixiones) eran encantamientos escritos sobre material no perecedero, como plomo, piedra o arcilla cocida, y eran enterrados en secreto para asegurar su integridad física, que garantizaría la permanencia de sus pretendidos efectos.
La lengua es una forma severa pero claramente identificable del dialecto dórico, y el bajo estatus social de su autora, como es evidenciado por su vocabulario y creencia en la magia, alude a una forma única de dórico hablada por legos en Pela, en la época en que la tablilla fue escrita. (Véase abajo «Fecha y trascendencia»).
Brixhe y Panayotou (1994: 209), creen que es probable el origen macedonio del texto, pero sugieren que la población de Pela no era homogéneamente autóctona, y prefieren esperar a un segundo hallazgo antes de hacer una declaración definitiva.
Antes de la publicación de las conclusiones de la tabilla de maldición de Pela, en 1993, se sugirió que el dórico podría haber sido hablado en la Macedonia prehelénica como un segundo dialecto además de un dialecto macedonio (Rhomiopoulou, 1980).
La magia en la antigua Grecia
Que las artes demoníacas existen como perpetuo tentador de la voluntad humana, es indudable. En cuanto a lo real y positivo de sus efectos, la cuestión varía. Teóricamente no podemos negarla. Históricamente no en todos casos, puesto que leemos en los Sagrados libros los prodigios verificados por los Magos de Faraón y la evocación del alma de Samuel por la pitonisa de Endor. Pero fuera de estos hechos indiscutibles y de algún otro que parece comprobado en términos que no dejan lugar a duda, hay que guardarse mucho de la nimia credulidad en esta parte.
Fatalismo puro, y del mismo o semejante yerro adolecen todos los medios divinatorios. Finalmente, las supersticiones de cualquier linaje se oponen tanto a la verdadera creencia como las tinieblas a la luz. Por eso, cuantos autores han tratado de magos y nigromantes, los consideran ipso facto herejes, y Fray Alfonso de Castro, en el tratado De justa haereticorum punitione (lib. I, caps. XIII, XIV, XV y XVI), decláralos sujetos a las mismas penas espirituales y temporales, haciendo sólo alguna excepción en favor de los sortilegios y augures que no mezclan en sus prácticas invocaciones al diablo. Realmente la superstición no es herejía formal, pero sapit haeresim, y entra, por tanto, en los lindes de la heterodoxia. Invocar al demonio con uno u otro fin, en una u otra manera, constituye un verdadero acto de apostasía, aunque el demonio no conteste, como suele suceder. 
Nada hay a primera vista más extenso ni embrollado que el estudio de la magia y de la astrología en su relación histórica. Pero si advertimos que esas artes son casi las mismas en todas las razas y épocas, fácil será reducirlas a tres principios capitales, fuentes de toda aberración humana. Tales son, a mi entender, el panteísmo naturalista, elmaniqueísmo dualismo y el fatalismo. Nace del primero esa legión de espíritus y emanaciones que vive y palpita en la creación entera, engendrando risueñas imágenes o nocturnos terrores. Hijos son del endiosamiento del principio del mal los procedimientos teúrgicos, los cultos demoníacos, las sanguinarias o lúbricas artes goéticas, los pactos, la brujería, el sábado. Proceden de la negación o desconocimiento de la libertad humana la astrología, los augurios, los sortilegios y maleficios, cuantos medios ha pretendido poseer el hombre para conocer lo futuro y las leyes que, según él, esclavizaban el libre ejercicio de su actividad. De una de las tres raíces dichas arranca toda superstición ilícita. Añádase a esto la ignorancia (no disipada aún del todo) sobre el modo de ser y obrar de ciertos agentes o fuerzas naturales. Por de contado, aquí tratamos sólo de la magia negra o goética, no de la blanca o natural, que era una especie de física recreativa, semejante sólo a la nigromancia por el misterio en que solía envolver sus operaciones. La famosa estatua de Memnon pasa por una de las más señaladas obras de esta magia entre los antiguos.
Dejado aparte todo esto, nada sería mas fácil que ostentar erudición prestada, discurriendo acerca de la magia de egipcios y caldeos, donde la adivinación, la astrología y la teurgia constituían verdaderas ciencias agregadas al culto, y en manos siempre de colegios o castas sacerdotales. A mí, que no soy egiptólogo, bástame ir al cap. VII del Éxodo,donde todos hemos leído: «Llamó el Faraón a sus sabios y hechiceros, los cuales, por medio de encantamientos y palabras arcanas, hicieron algunas cosas semejantes a las que Moisés había hecho.» (Vocavit autem Pharao sapientes et maleficos et fecerunt etiam ipsi per incantationes Ægyptiacas et arcana, quaedam similiter.) La magia entre los egipcios llegó a tomar un carácter zoolátrico y semifetiquista. La astrología dio en absurdos que se tocan con los de nuestros priscilianistas. Cada uno de los astros tenía influjo sobre diversas partes del cuerpo, las cuales no bajaban de treinta. En los tiempos alejandrinos se modificaron estas doctrinas por el contacto de las griegas, y el libroDe mysteriis Ægyptiorum, atribuído a Jamblico, nos da cumplida idea de aquella teurgia, en que el principal conjuro eran las palabras arcanas.

Astrología y ciencia caldea o asiria son palabras casi sinónimas, a lo menos para los griegos. Al saber, no del todo vano, de los caldeos, debió la astronomía positivos adelantos; pero creció so el amparo de tales estudios la desoladora concepción fatalista. «Al decir de los caldeos (escribe Diodoro de Sicilia) los astros imperan soberanamente en el bueno o mal destino de los hombres. Los fenómenos celestes son señales de felicidad o desdicha para las naciones.» «Los caldeos (dice en otra parte) se dedican a la ciencia adivinatoria, anuncian lo futuro, hacen purificaciones, sacrificios y encantos. Interpretan el vuelo de los pájaros, los sueños y los prodigios: examinan las entrañas de las víctimas... Su ciencia se transmite de padres a hijos.» En el libro de Daniel aparecen asimismo los caldeos como adivinos, magos, arúspices intérpretes de sueños; modos de adivinación idénticos a los usados en Roma. Pero en lo que más descollaba la ciencia asiria era en la formación del horóscopo tema genetliaco de cada individuo, según la posición de los astros en el punto de su nacimiento.
La magia, que entre los caldeos había nacido del sabeísmo, fue entre los persos hija del dualismo mazdeísta, y se desarrolló tanto, que el nombre de magos o sacerdotes vino a equivaler al de hechicero. Los medios de adivinación en Persia practicados, eran más numerosos que los de Babilonia. El libro atribuído a Osthanes mencionaba lahydromancia, las esferas mágicas, la aeromancia, la astrología, la necromancia y el uso de linternas y segures, de superficies tersas y lucientes. (Ut narravit Osthanes, dice Plinio, species ejus plures sunt, namque et aqua et sphaeres, et aere, et stellis, et lucernis ac pelvibus, securibusque et multis aliis modis divina promittit: praeterea umbrarum, inferorumque colloquia.) La catoptromancia, ciencia de los specularios, adivinación por medio de espejos mágicos, procedía también de Persia, según Varrón, citado por San Agustín (De civitate Dei, lib. VII), y era una variedad de la lecanomancia o arte de evocar las imágenes en una copa, en un escudo, en la hoja de una espada o en una vasija llena de agua.
En cambio, la adivinación por varas de sauce era propia y característica de los escitas, según leemos en el libro IV de Herodoto: «No faltan a los escitas adivinos en gran número, cuya manera de presagiar por medio de varas de sauce explicaré aquí. Traen al lugar donde quieren hacer la ceremonia grandes haces de mimbres, y dejándolos en tierra los desatan: van después tomando una a una, y dejando sucesivamente las varillas, y al mismo tiempo están vaticinando; y sin cesar de murmurar, vuelven a juntarlas y a componer sus haces: este género de adivinación es heredado de sus abuelos.»
«Los que llaman Enarees, pretenden que la diosa Venus los hace adivinos, y vaticinan con la corteza interior del tilo, haciendo tres varas de cada membranilla, arrollándolas a sus dedos y adivinando mientras las van desenvolviendo.» Los escitas daban gran crédito a sus augures; pero, cuando erraban las predicciones, solían quemarlos vivos.
De los celtas de Galia y Germania trata Julio César en los capítulos V y VI de su libro VIII, pero sin advertir nada que concierna a las artes mágicas, como no sea la existencia del colegio sacerdotal de druidas entre los galos y no entre los germanos. Algo más expreso anda Tácito en el opúsculo De situ, moribus, populisque Germaniae, y lo que dice conviene del todo con la noticia que de los escitas da Herodoto: «Consagran los germanos (escribe el historiador latino) muchas selvas y bosques, y con los nombres de los dioses apellidan aquellos lugares secretos que miran con veneración. Observan, como los que más, los agüeros y suertes; pero las suertes son sin artificio. Cortan de algún árbol frutal una varilla, la cual, partida en pedazos y puesta en cada uno cierta señal, echan, sin mirar, sobre una vestidura blanca, y luego el sacerdote de la ciudad, si es que se trata de negocio público, o el padre de familias, si es de cosa particular, después de hacer oración a los dioses, alzando los ojos al cielo, toma tres palillos, de cada vez uno, y hace la interpretación según las señas que antes les habían puesto. Y si las suertes son contrarias, no tratan más aquel día del negocio, y si son favorables, procuran aun certificarse por agüeros; y también saben adivinar por el vuelo y canto de las aves. Mas es particular de esta nación observar las señales de adivinanza que para resolverse toman de los caballos. Éstos se sustentan a costa del pueblo en las mismas selvas y bosques sagrados: son blancos, y que no han servido en ninguna obra humana; y cuando llevan el carro sagrado, los acompañan el sacerdote y el rey o príncipe de la ciudad, y consideran atentamente sus relinchos y bufidos. Y a ningún agüero dan tanto crédito como a éste, no solamente el pueblo, pero también los nobles y grandes, y los sacerdotes, los cuales se tienen por ministros de los dioses, y a los caballos por sabedores de la voluntad de ellos.» Poco más que esto es lo que de las supersticiones de los galos, germanos y britanos escriben los antiguos. Pero siendo el culto de los celtas naturalista,y enseñando los druidas astronomía, como Julio César afirma, no podía faltarles la superstición astrológica; y como creían en la metempsícosis (según autoridad del mismo), debían de ser más que medianamente inclinados a la nigromancia y a las evocaciones. Las costumbres que aún subsisten nos dan razón de otras prácticas no mencionadas por los clásicos. Así como se conservó, aun después de predicado el cristianismo, la veneración céltica a las fuentes sagradas, duró con ella la hydromancia. En varios puntos de las dos Bretañas, sobre todo en la fuente de Saint-Ellian, condado de Denbigh, se practicó, hasta tiempos relativamente modernos, la adivinación por agujas o alfileres lanzados al agua. En Escocia se conservaron largo tiempo hechizos y conjuros para facilitar el parto. La cueva llamada en Irlanda Purgatorio de San Patricio, era, a no dudarlo, un necyomanteion antiguamente destinado a la evocación de las almas de los muertos.
Había en las Galias hechiceros llamados tempestarii, porque provocaban el trueno y el granizo, arúspices e intérpretes de sueños. A las divinidades célticas destronadas por la fe, sucedió en tierras del Norte un tropel de Gnomos, Silfos, Kobolds, Trolls, Ondinas, Niks: encantadores, duendes, trasgos, genios del mar, de los ríos, de las fuentes y de las montañas. Estos restos de antiguas mitologías han resistido tenazmente, como las dos festividades solsticiales, y la verbena, y el trébol de cuatro hojas: reminiscencias del sagrado muérdago.
Pero dejemos pueblos bárbaros, de que sólo por referencia puedo hablar, y vengamos a los griegos y latinos, de quienes procede nuestra civilización. La magia, así en Grecia como en Roma, fue de dos especies: una oficial,pública y asociada al culto; otra popular, heterodoxa y hasta penada por las leyes. Expresión brillante de la primera, y centro de la vida política de los helenos, fueron los oráculos, cuya historia no nos incumbe, por que han tenido poca o ninguna parte en las supersticiones de los pueblos cristianos, y menos de los de la Península ibérica. El arte augural, menos importante y respetado que entre los latinos, dominó en tiempos anteriores a la consolidación y política influencia de los oráculos. Recordemos en la Ilíada aquel adivino Calcas, que revela las causas de la peste enviada por Febo a los Aqueos: Calcas, el que en Aulide había anunciado la voluntad de los dioses respecto al sacrificio de Ifigenia. La observación de los sueños aparece en el libro II del mismo poema, si el trozo no es uno de los intercalados. Y ya en tiempo del Padre Homero debía de reinar el escepticismo en cuanto a adivinaciones, conforme lo indica aquella sublime respuesta de Héctor: El mejor agüero es pelear por su tierra. Pero la ley del fatum es para los héroes homéricos inflexible: en el libro XIX, Xanto, uno de los divinos caballos de Aquiles, habla inspirado por Juno, y predice al hijo de Peleo su temprana y próxima muerte. «Entonces Aquiles, el de los pies ligeros, replicó a Xanto: ¿Por qué me vaticinas la muerte? Nada te importa: bien sé que es hado mío perecer lejos de mi dulce padre y de mi madre; pero no cesaré hasta que los Troyanos se hayan saciado de pelea.»
En la Odisea, poema de tiempo y civilización muy distintos, las artes divinatorias y mágicas son más respetadas. Telémaco ve en el libro II dos águilas enviadas por Zeus, y toma de su vuelo auspicios favorables. El tipo de lafarmaceutria, de la hechicera, no conocido por el autor de la Ilíada, es en la Odisea Circe, cuya vara mágica tiene el poder transmutatorio, y convierte en puercos a los compañeros de Ulises...
Los ritos órficos, los misterios de Eleusis y Samotracia, entraron por parte no pequeña en la difusión de los procedimientos teúrgicos, unidos a las expiaciones y purificaciones. Una noble y hermosa poesía hierática, de la cual ni vestigios auténticos quedan, debía de enlazarse con las ceremonias a que Epiménides el cretense y otros justos del paganismo debieron su fama. La leyenda de Epiménides, el que hacia la olimpiada LVI purificó a Atenas, profanada por el crimen de Cylon, es de suyo singularísima. Aquel taumaturgo era alimentado por las ninfas, y podía dejar el cuerpo y volver a él cuando le viniera en talante. Lo mismo se refiere de Hermótimo de Clazomene.
Los presagios astrológicos en relación con la agricultura, los días fastos y nefastos, y otras supersticiones, ocupan buen lugar en Las Obras y los Días de Hesiodo, que llega a señalar las lunas propicias al matrimonio, y aquellas otras en que las Furias desencadenadas recorren la tierra. No olvida la adivinación por el vuelo de los pájaros, pero concede poca o ninguna atención a las artes transmutatorias y goéticas.
Nuevos y hermosos tipos de vates, profetisas y taumaturgos lanzó a la escena el ingenio de los trágicos atenienses. Esquilo encarnó la manteía, doble vista o espíritu profético, en la troyana Casandra, hermosa figura levantada entre el cielo y la tierra para anunciar los males que van a caer sobre Agamenón y la casa real de Micenas. Inspiración sacerdotal palpita en la terrible poesía de las Eumenides, inmortales vengadoras del crimen, y ejemplar de tantas otras representaciones fantásticas de todo país y tiempo. Ni falta en los Persas una necromancia : la sombra de Darío, que se presenta al conjuro de los ancianos de Susa para oír de labios de Atossa el desastre de Jerjes, y pronunciar graves y tristes sentencias sobre la fortuna y la instabilidad de las cosas humanas.
El ciego Tiresias, sabedor de todas las cosas del cielo y de la tierra, reaparece en el Edipo tirano de Sófocles, y ve menospreciada su ciencia por el obcecado rey de Tebas, que, herido a su vez por inaudita desgracia, conviértese (en el Edipo en Colona) en vate, en profeta, en objeto sagrado, que anuncia futuras victorias y prosperidades a la tierra donde descansen sus cenizas. ¡Alta y peregrina idea de los griegos, suponer inseparables el poder divinatorio, y esas grandes calamidades con que los dioses oprimen al que por desvanecimiento o soberbia se alejó de la serenidad, de la templanza, de la sophrosyne ! El que es ejemplo vivo de la cólera celeste, debe anunciar sus decretos a los mortales.
Dulces son de recordar estas cosas clásicas. Indefinible horror producen en la Electra el sueño de Clitemnestra, presagio de la venganza de Orestes, simbolizado en aquella serpiente que devora el seno de la homicida mujer de Agamenón. Y elemento mágico y sobrenatural de otra índole es en las Traquinias la túnica del centauro Neso.
Eurípides usa y abusa de todos los prestigios. Su tipo de encantadora es Medea, distinta de Circe en lo vengativa y celosa. La pasión vence en ella a la hechicería, al revés de lo que acontece en la imitación de nuestro Séneca, inspirada en esta parte por los Metamorfóseos ovidianos.
Un sabio español del siglo XVII, Pedro de Valencia, en su Discurso (inédito) sobre las brujas y cosas tocantes a magia, encontraba analogía grande entre el sábado y las nocturnas fiestas de Las Bacantes, tal como se describen en la singular y terrorífica tragedia de Eurípides, que lleva ese título. La narración que de cierta bacanal hace el Nuncio,parece que nos transporta al aquelarre de Zugarramurdi. Sólo falta el macho cabrío; pero ni aun éste se echaba de menos en las sabasias fiestas de Baco Sabasio, degenerada secuela de las bacanales, y verdadero origen delsábado, hasta en el nombre.
El culto orgiástico y hondamente naturalista de Dionisio, las abominaciones y nocturnos terrores del Citheron, tardaron, de igual suerte que el rito fenicio de Adonis y otras supersticiones orientales, en aclimatarse en Grecia, y nunca perdieron su carácter misterioso, arcano y sólo a medias tolerado por los legisladores. De esta suerte venían a enlazarse con otra superstición oculta y sombría, practicada especialmente por las mujeres de Tesalia, el culto deHécate triforme, invocada de noche en los trivios con ceremonias extrañas y capaces de poner espanto en el corazón más arrojado. Orígenes, o quien quiera que sea el autor del Philosophoumena, nos ha conservado la fórmula de conjuro. «Ven, infernal, terrestre y celeste (triforme) Bombón, diosa de los trivios, guiadora de la luz, reina de la noche, enemiga del sol, amiga y compañera de las tinieblas; tú que te alegras con el ladrido de los perros y con la sangre derramada, y andas errante en la oscuridad cerca de los sepulcros, sedienta de sangre, terror de los mortales, Gorgón, Mormon, luna de mil formas, ampara mi sacrificio.» De una manera semejante invocaban al demonio las brujas castellanas del siglo XV, si hemos de estar al testimonio de la incomparable Celestina.
La composición de los filtros amorosos con el hipómanes de Arcadia y el pelo arrancado de la frente del potro, era una de las principales ocupaciones de las hechiceras tésalas, que poseían además la virtud de atraer las Empusas,monstruos de pies de asno, a que más de una vez se refiere Filóstrato en la Vida de Apolonio de Tiana.
Otro poder más singular aún, el de las transformaciones, poseían las brujas de Tesalia. Tal nos lo muestra la célebre novela de Luciano, Lucio o el Asno, especie de parodia de las Metamorfosis de Lucio de Patrás. La huéspeda del héroe de Luciano, después de desnudarse y echar en una linterna dos granos de incienso, coge una redoma, se unta de pies a cabeza, conviértese en cuervo y echa a volar; lo mismo que las brujas alavesas castigadas en el auto de Logroño. Lucio quiere imitarla, pero equivoca el ungüento y se transforma en asno, de cuyo estado sale, tras muchas aventuras, comiendo unas rosas.
En tiempo de Luciano, las artes mágicas estaban en su período de mayor delirio y tristes efectos. Conforme se iban debilitando las creencias antiguas, crecía el amor a las prácticas supersticiosas y extranjeras. Poco o nada se creía en el poder de los oráculos, que callaban de tiempo atrás, según advirtió Plutarco; pero se consultaba con veneración el necyomanteion o antro de Trofonio, cuyos misterios eran pura goetia. Los antiguos adivinos, los Calcas y Tiresias, habían cedido el campo a los matemáticos caldeos, a los que decían la buenaventura y formaban el horóscopo; a loshechiceros de Asiria peregrinos, como aquel que suministraba a la Simeta de Teócrito jugos letales con que enviar al Orco el ánima de cualquier persona aborrecida; a los magos, discípulos de Osthanes, que veían lo futuro en el agua o en un espejo y trazaban en la pared horríficas figuras encendidas de súbito con la llama siniestra del betún y del asfalto (Vid. Philosoph.); a los orpheotelestes, doctos en purificaciones y exorcismos; a los psichagogos o evocadores de espíritus; a los pitones o ventrílocuos; a los goetas, que invocaban a los dioses infernales con penetrantes aullidos; a los ophiogenas, que encantaban las serpientes...
Sobre este conjunto de supersticiones populares, se alzó una magia filosófica y erudita, que rechazaba el nombre degoetia, y se decía teurgia, y fueron sus hierophantes los neo-platónicos alejandrinos, sucesores de los neo-pitagóricosal modo de Apolonio Tianense. Fundamento del sistema teúrgico de Plotino, Porfirio, Proclo y Marino, fue la creencia en una serie de demonios, buenos unos y otros malos, intermedios entre Dios y el hombre, los cuales podían ser atraídos o aplacados con purificaciones, conjuros y ritos mágicos. La demonología platónica se asimiló lo que quedaba de los misterios egipcios y órficos, mezclados con reminiscencias de cultos orientales. Entonces brotaron esas portentosas biografías de Pitágoras, que convirtieron al antiguo filósofo italiota en taumaturgo, dotado deubicuidad, intérprete de sueños, que llega a presentarse con un muslo de oro en los juegos olímpicos. Aquellos ilusos de Alejandría no comprendían al pensador sino entre los oropeles de la teurgia. Plotino se jactaba de tener un dios en figura de dragón por familiar suyo, al paso que los sacerdotes egipcios tenían sólo un demonio. Porfirio evocaba a Eros y a Anteros, y las estatuas de estos diosecillos bajaban de su pedestal a abrazarle. Un tal Anthuso inventó la adivinación por las nubes. Ammonio tenía un asno muy erudito y amante de la poesía, tanto que dejaba el pienso por oír hexámetros. Otro teurgo alejandrino había logrado por artes diabólicas tener una voz tan fuerte como la de mil hombres... ¡Y estas cosas las escriben Proclo, Marino, Damascio, hombres, en lo demás, de seso, y personajes importantes en la historia de la filosofía! ¡Pobre entendimiento humano!
Las artes sobrenaturales siguieron en Roma los mismos pasos que en Grecia. Hubo una adivinación, parte esencial del culto, religiosa y política a la vez, en la cual pueden distinguirse dos partes; una indígena, el arte augural; otra aprendida de los Etruscos, la haruspicina. Recuérdese la leyenda de Accio Nevio, que hiende la piedra con la navaja; la compra de los libros sibilinos hecha por Tarquino el Soberbio. La prepotente influencia etrusca, representada en estos mitos, explica el rápido desarrollo y la importancia que lograron las artes de adivinación en el pueblo latino. Ni un momento se apartan ya de su historia: lo que en Grecia fueron los oráculos, serán en Roma los augures, organizados en colegio sacerdotal; no se emprenderá ninguna guerra sin tomar los auspicios; el mal éxito de toda empresa será atribuído a algún olvido o sacrilegio como el del cónsul Claudio Pulcher, vencido por los cartagineses; la superstición producirá espantosas hazañas, como la consagración de los tres Decios a los dioses infernales, el arrojarse de Curcio a la sima abierta en medio del Foro. Además de estos sacrificios expiatorios, donde quiera vemos en la historia de Tito Livio prodigios singulares, lluvias de sangre, mutaciones de sexo, estatuas que sudan o que blanden la lanza. Infundían terror grande los eclipses y los cometas. La adivinación por el sueño es hoy mismo frecuentísima en Roma. A todo acto de la vida se enlazaban prácticas y terrores fatalistas.
El contacto con extrañas civilizaciones trajo a Roma nuevos y perniciosos ritos. Muéstralo bien el Senatus-consultocontra las bacanales venidas de Etruria y Campania con un carácter de sociedad secreta, lúbrica y feroz que no habían tenido en Grecia, a lo menos en igual grado. El culto de Hécate se propagó también, sin duda, por sus analogías con el de la antigua diosa itálica Mana-Geneta. Pronto aparecieron los astrólogos o matemáticos caldeos, unas veces tolerados, otras prohibidos, y vistos siempre con terror mezclado de curiosidad por grandes y pequeños. Y en pos de los astrólogos aparecieron los chirománticos o adivinadores por las rayas de las manos, superstición de origen egipcio. La antigua creencia de los romanos en lemures larvas, les hizo aceptar de buen grado lanecromancia, y las hechiceras tésalas fueron identificadas con las lamias, semejantes en todo a las modernas brujas.
En la literatura romana puede seguirse la historia de todas estas aberraciones. El augur Marco Tulio, en su discretísimo diálogo De divinatione, muéstrase del todo escéptico, cual si quisiera parafrasear la célebre sentencia de Catón el Antiguo: No sé que dos augures puedan mirarse sin reírse. Y esta incredulidad debía de ser general; pero al mismo paso que las creencias nacionales, en otro tiempo vida y salvación de Roma, amenguaban, crecía la ponzoñosa y extranjera planta de las artes mágicas, de cuyos progresos son fieles cronistas los poetas de la era de Augusto.
La pharmaceutria o hechicera de Virgilio (égloga VIII) manda a su criada ceñir el altar de vendas y traer incienso yverbenas; ofrece a la diosa cintas de tres colores; pasea tres veces en torno al altar la efigie de su amado; esparce la salsa mola, quema la rama de laurel, entierra en el umbral las prendas de Dafnis y confecciona un filtro con hierbas venenosas del Ponto. No ha de verse en todo esto una mera imitación de Teócrito, puesto que los ritos son casi diversos en el poeta mantuano y en el de Siracusa.
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Contenido del libro:
“Las investigaciones sobre los dos aspectos del mundo greco-romano que figuran en el título de esta obra suponen una parte muy abundante de la bibliografía de los últimos decenios dedicada a la Antigüedad. A su vez, numerosos trabajos de esa abundante bibliografía se han centrado en la discusión sobre lo adecuado o no de utilizar tales términos cuando nos situamos en la perspectiva de los protagonistas de las culturas en que tuvieron vigencia. El viejo problema antropológico y etnológico de la contraposición entre la visión émica y ética (es decir, la del sujeto de una cultura, frente a la del investigador externo, en la acepción de Marvin Harris), aunque sin llamarlo necesariamente así, se ha apoderado del análisis de ambos aspectos. Con lo cual parece haberse convertido en rito ineludible comenzar cualquier estudio sobre tales cuestiones con la pregunta acerca de si está justificado hablar del mito y de la magia como categorías válidas y distintas para griegos y romanos, o si deberíamos abandonar el primero diluido en los diferentes contornos y contextos en que aparece (los géneros literarios, los ritos, etc.) y abolir el segundo por causa de su ineficaz diferenciación de la religión (término, por cierto, también sometido a debate). 

“De modo que puede imaginarse el lector el grado de osadía que se apoderó del coordinador de este libro cuando se le ocurrió revisar las relaciones entre dos categorías sometidas a duro debate, con el riesgo de que se convirtieran en el estudio de la relación entre el ilusorio mito y la quimérica magia, o sea, entre dos fantasmas producto de la elucubración sapiencial moderna. No obstante, para paliar la sensación de desvarío que la ocurrencia presenta, debo decir, en primer lugar, que siempre podría quedar el recurso de utilizar los términos en cuestión por la comodidad de ser conceptos aceptados por lo menos con la conciencia de hacerlo desde la perspectiva ‘ética’ (cf. supra) o, con otras palabras y con franqueza, que todos sabemos de lo que estamos hablando. Además, y como segundo argumento, debo señalar que no está tan claro que se trate de un espejismo anacrónico del observador, sino que hay sobradas razones para aceptar que, en primer lugar, los Antiguos eran conscientes de que había una serie de relatos en los que, bajo formas diversas, había quedado recogida la explicación del origen del mundo, de la vida, de las instituciones, de las instituciones, de los linajes, del bien y del mal, y que permitían la memoria de tiempos remotos, en que dioses, héroes y seres humanos de distinta condición convivían y vivían en circunstancias y entre avatares ya irrepetibles. Asimismo, en segundo lugar, la magia (llamada así con un término de origen iranioVENERABLE, pero también descrita con otros muchos de carácter bastante más peyorativo) era vista por los propios protagonistas por lo menos como una faceta irregular e incluso oprobiosa de las prácticas religiosas, socialmente marginal y no pocas veces perseguida, independientemente de que nosotros apreciemos numerosos elementos comunes con las prácticas y creencias religiosas aceptadas y, en su caso, oficializadas. 

“El presente libro recoge ponencias y comunicaciones presentadas y debatidas en el Simposio Internacional de título homónimo, Mito y magia en Grecia y Roma, celebrado en la Universitat Pompeu Fabra durante los días 21 al 23 de marzo de 2012. La distribución de los capítulos refleja bien la idea que estuvo en la raíz de esta iniciativa. Por un lado, analizar mitos en los que, de diversas maneras, estuviera presente la magia. Por otro, estudiar textos y documentos mágicos en los que encontramos, de modo más o menos explícito, un referente mítico perceptible, generalmente como parte de una historiola que justifica la acción mágica, o por la presencia de nombres y alusiones de divinidades o personajes míticos tanto de la cultura griega como de la egipcia. Además de estas dos perspectivas, algunos de los estudios se centran en documentos y textos mágicos tardíos. Hay que poner de relieve que algunos de ellos contienen análisis totalmente novedosos de textos y materiales arqueológicos ya conocidos y otros presentan documentación inédita. 

“Las contribuciones se abren con la revisión que Riccardo di Donato, en su conocida trayectoria de recuperación y revalorización de estudios de Louis Gernet, dedica al análisis de las reflexiones que el gran maestro dejó escritas sobre las relaciones del mito y la magia, en una personal apreciación conscientemente distanciada de las tendencias de la época. Tras esta contribución teórica más general, se suceden los análisis de mitos con elementos relacionables con la magia. Jordi Pàmias aborda un fragmento de Ferecides sobre Zeus y Alcmena, con un análisis textual que apoya una interpretación ritualista. Ronald Forero aborda un pasaje ovidiano protagonizado por Medea con el fin de deslindar los componentes mágicos, religiosos y médicos. Ángel Ruiz rastrea componentes mágicos en la forma de actuar Sémele con Zeus, en el episodio que conduce al nacimiento de Dioniso. Manuel García Teijeiro y Mª Teresa Molinos profundizan en el personaje de Talo, el gigante de bronce al que Medea vence con sus poderes, último representante de la antigua raza de ese metal. Por último, Nereida Cillagra se centra en las brujas tesalias, con un completo análisis de los testimkonios literarios sobre las mismas en relación con las tradiciones en que se incardinan. 

“Más allá de los textos literarios, también amuletos, gemas y, sobre todo, papiros de contenido mágico son tomados en consideración en varias contribuciones. Christopher A. Faraone estudia varios amuletos en los que descubrimos la popularidad de Heracles como héroe protector en la esfera privada. Por su parte, la figura de Perseo es analizada por Attilio Mastrocinque en cuanto a su sorprendente popularidad en el Oriente cercano, puesta de relieve por la sorprendente documentación arqueológica que el autor estudia. Alberto Bernabé y Raquel Martín proceden a un minucioso estudio de los llamados “hexámetros Getty”, no editados hasta 2011, con un completo balance de los problemas que presentan y de su relación con textos no mágicos. Jaume Pòrtulas aborda el problemático texto del P. Fayum 2, del que discute las diversas interpretaciones, entre las que se inclina por ver un relato lírico con un descensus ad ínferos. Los papiros mágicos griegos, como decíamos, constituyen una parte importante de los estudios aquí reunidos. Giulia Sfameni Gasparro procede a un completo análisis de conjunto, con especial atención a PGM IV, con atención a la huella que en ellos deja la diversidad religiosa de la época, haciendo hincapié en la dimensión cosmosófica y el componente solar. Dentro de este conjunto, Emilio Suárez se centra en un análisis de los rasgos que caracterizan el PGM XIII, especialmente su kosmopoiía. Michela Zago hace un detallado estudio del procedimiento oracular, con invocación del dios Besas, que aparece en PGM VII y PGM VIII, con atención al problema de la relación entre los rasgos del dios y las sustancias utilizadas. Miriam Blanco, siempre dentro de los papiros mágicos, se centra en el Himno mágico XIX y en el curioso tratamiento que implica del supuesto embarazo de Selene. La cuestión de los Himnos que aparecen en los papiros, y su delimitación respecto de las plegarias en verso y prosa de los mismos textos, es el objeto de la investigación de José Luis Calvo. 

“Roma y el cristianismo configuran el último bloque de contribuciones. Las defixiones del Occidente romano constituyen el tema estudiado por Francisco Marco, quien revisa sus referencias míticas y la cosmovisión que reflejan los materiales analizados. Celia Sánchez-Natalías revisa las llamadas defixiones de Bolonia que contienen una sorprendente figura para la que la autora propone una identificación. Alain Blomart estudia un centenar largo de textos latinos en los que evocare/evocatio y devovere/devotio se salen del uso habitual ritual bélico. La presencia de la magia en contextos cristianos es el tema elegido por Fritz Graf, con un agudo análisis de la evolución que registra en dicho entorno la presencia de la magia. También la presencia en textos de autores cristianos, como Hipólito de Roma y Eusebio de Cesarea son objeto de estudio por parte de Jesús Mª Nieto. La obra se cierra con una serie de observaciones de Jorge Cuesta acerca de la leyenda del retorno de Nerón, su gestación y desarrollo El elenco es, pues, representativo de épocas y tendencias en la relación de mito y magia, así como de las metodologías adecuadas a su estudio. 
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1 comentario:

  1. Pero me falta que lo relaciones con algo actual. Además hay un método que se llama RESUMEN o EXTRACTO , es decir, prefiero algo menos de contenido, seleccionando lo más importante, y sobre todo, relacionar lo antiguo con lo moderno. ¿Hoy existen las tabellae defixionis o algo parecido? ¿La magia hoy, cómo es?

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